8/8/09

¿Socialdemocracia o socialismo?



José A. González Casanova

Suelen confundirse ambos términos desde que la experiencia neozarista del socialismo real soviético permitió a los socialdemócratas reclamar para sí en monopolio el verdadero socialismo. Para que no se le confundiera con el comunismo totalitario, se le añadió el adjetivo democrático. Pero ¿es la misma cosa el socialismo democrático que la socialdemocracia?, ¿una democracia social equivale a una democracia socialista? Desde el siglo XIX, la lucha del movimiento obrero obligó a las fuerzas conservadoras a aceptar el sufragio universal y a intentar algunas tímidas mejoras sociales. Con el tiempo, las derechas llegaron a presumir de que también ellas eran demócratas y partidarias del bienestar social de los ciudadanos.En Cataluña, sin ir más lejos, la derecha nacionalista de Jordi Pujol se presentó a las primeras elecciones democráticas (1977) con un programa socialdemócrata. Cuando le conviene a su sucesor, Artur Mas, aparecer con tal signo, se olvida de cuando se presentaba como liberal-conservador. También el partido democristiano del señor Duran i Lleida se llama ahora socialcristiano, pese a su defensa del capitalismo.
En fin, Aznar hizo creer a los votantes en 1996 que estaba más a la izquierda que el PSOE, y así engañó a la gente que le creyó de centro. Por todo eso se ha impuesto el tópico de que laizquierda apenas se diferencia de una derecha moderna. ¿Serán los socialistas, por un casual, la mano izquierda del capitalismo en el doble sentido de la palabra: su diplomacia dialogante y su apagafuegos en los momentos críticos para el sistema? Tras los estragos de la II Guerra Mundial, la población europea necesitaba como nunca una políticasocial avanzada y votó que gobernara la izquierda. El capital lo consideró tan inevitable como útil. Con una URSS amenazante y dos poderosos partidos comunistas en Italia y Francia, había que apartar al pueblotrabajador de la tentación revolucionaria. Por seguridad nacional y por confundir el capitalismo depredador con la libertad de empresa y de mercado, el labour británico y sus colegas continentales reconciliaron a la ciudadanía con el capital mediante un cierto bienestar y a costa de los países pobres.
Con los años, la socialdemocracia se convirtió en la mano izquierda del sistema, practicó el neocoloniaje y demonizó al comunismo. ¿Qué fue de la democracia socialista propugnada por su fundador? Marx nunca fue comunista; reconoció no saber cómo sería el socialismo futuro; recomendó reformas que hoy nos parecerían superadas por la realidad. Pero la base de su análisis es inequívocamente anticapitalista. Si la socialdemocracia del provenir dejara de combatir el régimen imperante, no podría llamarse a sí misma, no ya marxista (Marx decía no serlo), sino socialista. Tal adjetivo sólo correspondía a quien, por impulso democrático, hiciera desaparecer el capitalismo del Planeta. Todo lo contrario, pues, de una socialdemocracia que, so pretexto de darle paliativos a un régimen agonizante, acabara reanimándolo y prolongando su turbia vida.
Fue el renegado Karl Kautsky (como lo llamó Lenin) quien, como marxista, formuló el criterio, ambiguo pero certero, para juzgar una posible rendición de la izquierda. Cuando se haya logrado que la mayoría social anticapitalista alcance la mayoría política, habrá que proceder a la revolución de la mayoría, consistente en emprender unas reformas del sistema que acaben con él, no que lo fortifiquen. Nada de paliativos. Eutanasia pura y simple, si bien con todos los requisitos legales. Este es el criterio (¿quién lo diría?) recogido en el artículo 9.2 de nuestra Constitución. En él se hace responsables a todos los poderes públicos de la remoción de cuantos obstáculos impidan que la libertad y la igualdad de las personas y sus colectivos sean reales y efectivas. Es decir, desmontar el tinglado de la vieja farsa democrática del capitalismo. Dicho texto casi nadie se lo ha tomado en serio.
Excepcional fue el discurso ante las Cortes del socialista catalán Joan Reventós al calificar la norma constitucional de auténtica base legitimadora de un tránsito del capitalismo al socialismo. Aunque Marx no extendía recetas para enfermedades venideras, su ideal era la Commune (Ayuntamiento) parisina de 1871: autogobierno popular local, autogestión obrera y propiedad social (nunca estatal); algo que sólo lo intentó la revolución yugoslava entre los años 50 y 60 del pasado siglo.
Al caer el imperio moscovita, la derecha creyó innecesario seguir teniendo mano izquierda con el nuevo proletariado, ya inducido del todo al consumo a crédito. La socialdemocracia fue acusada, por si acaso, de “comunismo rosa” para desprestigiar una hipotética democracia socialista. La Realpolitik de los Mitterand, et alii, no hizo nada que justificase aquella interesada falsedad. Las derechas volvieron a gobernar por el desencanto de unas masas que seguían confundiendo en el socialismo las reformas paliativas con las eutanásicas. ¿Para qué votar a la izquierda si la derecha le ha arrebatado de las manos los trastos de torear?
Una y otra, por mucho que se distingan en cuestiones democráticas muy importantes, no dejarían de ser las dos manos de un coloso al cual, en su injusta irracionalidad bien demostrada, no se le hacen los dedos huéspedes en su mano derecha porque le hayan recortado los de la izquierda. Todo lo contrario. Debiera acabar, por tanto, la confusión. Ni la socialdemocracia es el socialismo ni un socialismo retórico es ya una democracia socialista. De momento y hasta tiempos mejores, la única palabra que no confunde ni engaña es la palabra anticapitalismo.

José A. González Casanova es Catedrático de Derecho Constitucional y escritor.

LA ENCUESTA DEL C.I.S. Articulo de reflexión.

Pienso que no existe un electorado único en España, aquí el votante oscila poco de opción política; son pocas las ocasiones en que una parte del PSOE vote al PP o una parte del PP vote al PSOE. Aquí la mayoría es fiel a un partido, lo que pasa es que se activa o se desactiva; esto es, o vota o no vota a ese partido dependiendo de cómo lo esté haciendo.
No creo que haya que dramatizar mucho sobre los abstencionistas, cabrearlos demasiado puede llevar a que contravoten. Eso es lo que yo propongo para que los cambios se produzcan con más agilidad, pero es una opción que convence poco. El votante progresista o vota a su partido o no vota. Sólo cuando se le cabrea mucho contravota.
La cuestión no es estar pidiendo fidelidad al electorado, sino más bien exigir fidelidad a los partidos políticos con sus actuaciones y con el programa que presentaron al electorado.
En relación al grupo político que gestiona el ayuntamiento de mi localidad yo aún estoy esperando a ver cuando van a poner en marcha ese lema que decía: "Otra forma de ser, otra forma de gobernar". Y ya van casi dos legislaturas y aún no hemos visto nada de esto.
Es por ello normal que el votante del PSOE esté desactivado, no estamos viendo nada de nada.
Como bien dice nuestro Feluky en mi blog: "esta encuesta es demoledora 'HEMOS PERDIDO LA CONFIANZA DE NUESTROS VOTANTES'."
Lo preocupante no es la confianza ciudadana que esté perdiendo el PP, sino la confianza ciudadana que a espuertas está dilapidando el PSOE. Esos votantes no van a votar al PP, simplemente no van a votar al PSOE.
El PSOE no ilusiona. No se atreve a llevar a cabo la sugerencia de Lampedusa, aquella que dice que "algo tiene que cambiar para que todo siga igual". Ahora es el tiempo de ser coherentes con los principios, en estos momentos en los que nada material se puede dar. Ahora hay que DARSE. La participación es la pieza clave. Hay que empezar a dejar de hacer las cosas PARA los ciudadanos para comenzar a hacerlas CON los ciudadanos.
En definitiva ser "nada conformista y sumamente incluyente" y actuar "cambiando las formas de hacer de las personas, pero con permanencia de las ideas, los principios y las convicciones".
O como decía el PSOE en su último congreso federal: "Los y las socialistas pensamos que es mucho mejor encarar las transformaciones sociales a las que nos enfrentamos si los ciudadanos tienen el poder, si los ciudadanos son los dueños de su destino".
Si el cambio sin cambio se retrasa mucho, los analistas políticos de la próxima etapa dirán que perdieron el poder por no hacer lo único que les hubiera salvado de la debacle. Creyeron que en tiempos de crisis no era conveniente impulsar el cambio sin cambio y, sin embargo, hubiera sido la única política que les hubiera sacado del pozo sin fondo en el que se encontraban.
Hay que reaccionar, son 37 puntos, como nos dice el CIS, de pérdida de confianza ciudadana.